Dragon Flame: la Espada Maldita

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Dragon Flame: la Espada Maldita

Mensaje por Nathaniel el Jue Mayo 22, 2014 8:27 pm

Capitulo 1: Nathaniel


El camino de regreso a casa era mucho peor de lo que había imaginado en un principio, pero Nathaniel era demasiado terco como para pedir ayuda a uno de los aprendices. Mercutio de Capricornio parecía un tipo simpático en primera instancia, pero estaba en desacuerdo con sus formas de entrenar: no era de su agrado esquivar rocas gigantes que caían del cielo, tampoco correr alrededor de una montaña hasta el amanecer y mucho menos atravesar la misma montaña después de haberla rodeado. Sentía su cuerpo hecho polvo, pero para no aparentar debilidad había caminado como si nada hasta que su instructor lo perdió de vista. Detestaba que el Sumo Sacerdote le recordara que debía entrenar cada vez que se encontraban. No solamente él, todos parecían felices de recordarle constantemente que era un pequeño y esbelto guerrero que podía ser hecho añicos por un enemigo de verdad. Sabía que no le decían las cosas con malicia, por supuesto, pero para Nathaniel, que había vivido desde siempre con el peso de no ser lo que su padre esperaba, resultaba incomodo ser acosado por su pasado.

Llegó a su hogar: una pequeña cabaña en medio de un prado. Cuando la obtuvo era un cuchitril pero él se había encargado de mejorarla, añadiendo más cuartos, escaleras, ventanas y una chimenea igual a la de su casa en las islas. A pesar de las extensiones hechas en su hogar el espacio no le sobraba: las armas que forjaba ocupaban dos de las cuatro habitaciones, todas ellas intentos fallidos por replicar la espada de sus sueños. Sobre su mesita en la sala común se podía ver un plano con el dibujo del Gran Dragón, unos trazos malhechos y finalmente la representación de la espada perfecta según Nathaniel. Se sentó en el asiento que estaba junto a su mesa de trabajo y abrió la ventana para dejar entrar un poco de aire fresco. El lugar olía a encerrado, lo que era normal porque había estado fuera desde el medio día de ayer.

Se quitó las botas y con mucha dificultad se acercó a su despensa, tomando una bolsita con fresas que vació en pocos minutos. Su estomago seguía rugiendo pero era muy tarde para caminar a Rodorio a limosnear comida y no le apetecía entrar al bosque para cazar conejos. No podía cazar nada más grande que un conejo, lo había comprobado. Se encaminó a su habitación, dejándose caer sobre la cama vencido por la gravedad. Recordó que no había cerrado la ventana pero estaba muy cansado como para despegar el rostro de la almohada. No creía que alguien entrara a robar. No tenía vecinos y vivía lejos del pueblo. Al principio consideró que se trataba de una broma de mal gusto cuando le dijeron que esa cabaña era el único lugar en el que se podía quedar, pero con el tiempo se acostumbró: era agradable no tener que ver las caras de personas entrometidas asomándose por la ventana mientras realizaba sus actividades diarias como forjar, comer y bañarse.

Escuchó un sonido similar a un objeto pesado cayéndose pero ni siquiera se movió, permaneciendo en su posición con el trasero levantado y la cara enterrada en la almohada con los brazos extendidos a los lados. Sintió un toquecito en el hombro, pero no abrió los ojos hasta que cayó en el hecho de que un extraño había entrado a su casa. Se levantó de golpe, exaltándose al no ver a nadie en la habitación.-Estoy soñando despierto… pero- Se llevó la mano al hombro-ese toque se sintió tan real.- Caminó de vuelta a la sala, encontrando su silla en el suelo y sus dibujos regados en el piso como hojas de otoño.-El viento.- Pensó, buscando una explicación fácil.

Bostezó ruidosamente, llevándose una mano a la boca para callar el sonido. Escuchó un “tintineo” a sus espaldas, girando rápidamente la cabeza y desubicándose al no encontrar nada. Tenía la extraña sensación de que alguien lo estaba observando. Comenzó a buscar en cada rincón de la casa, incluso en aquellos que eran imposibles para prestarse como escondites como el interior de la chimenea o las repisas. Se sintió estúpido cuando se encontró buscando dentro de un carcaj sin flechas.

Se sentó sobre la cama, alerta ante cualquier cambio. No tenía la tranquilidad para dormir. De pronto una corriente de aire entró en la habitación, levantando las hojas de papel en el piso de la sala y trayéndolas hasta la cama. –Dibujas bien aunque peinas demasiado la línea, se ven sucios.- Dijo una voz en el viento. Nathaniel no podía sentir ningún cosmos, tampoco podía ver a nadie pero había escuchado esa voz a poca distancia, como si alguien estuviera parado frente a él.-Deja de mover la cabeza, estoy enfrente de ti.- Le dijo, haciéndolo fijar la vista adelante.-¿Por qué no puedo verte? ¿Qué eres tú?- Preguntó, echándose ligeramente hacia atrás.-Responderé las preguntas en el orden inverso al que las hiciste. Soy un Silfo y no puedes verme porque no haz despertado completamente. Pero puedes escucharme, eso es muy muy bueno. Lo humanos normales no pueden vernos ni oírnos.- Nathaniel se llevó una mano a la frente, asegurándose de no tener fiebre o algo parecido. Su temperatura estaba normal. –Ajá, un Silfo… como si fueran reales.- Dijo Nathaniel, riendo bajito sin cambiar esa expresión de aburrimiento que le sentaba tan bien.-Ah, los silfos no existen pero si el Gran Dragón, tiene mucho sentido. Mejor todavía, los caballeros de Athena pueden romper el piso con las manos pero no pueden existir silfos.- Dijo con tono burlón, golpeando a Nathan en el hombro con su mano invisible.

-Me resulta gracioso, que busques algo que siempre has tenido bajo tus propias narices.- Nathaniel no entendió a lo que se refería en un principio, pero tras razonarlo unos momentos llegó a la conclusión obvia.-¿Insinúas que el Gran Dragón está cerca de mí? ¿Qué es invisible igual que tú?- Preguntó, cambiando su mirada seria por unos ojos abiertos como platos. –Puede que sí, puede que no.- El silfo sonaba misterioso y un tanto más holgado. –Te he estado siguiendo la pista durante un tiempo, Nathaniel.- Un rostro flotante apareció a pocos centímetros de Nathan, provocando que su primera reacción fuera apartarlo.-Tranquilo, tranquilo. Me estoy haciendo visible para ti.- el cuerpo del Silfo siguió apareciendo: su cuello, su torso masculino, sus brazos delgados, su cintura y finalmente las piernas. Estaba vestido de una forma muy sencilla: una toga blanca y sandalias de cuero. Su cabello rubio platinado y corto era picos que apuntaban en todas direcciones.

-Ahora podemos hablar. Necesito que no hagas preguntas, no tenemos mucho tiempo. Todas las interrogantes serán contestadas cuando lleguemos a nuestro destino. – Antes de que pudiera decir algo el silfo le cubrió la boca con la mano.-Déjame hablar, es importante. Te voy a contar un cuento, te gustan los cuentos…- Le frunció la mirada con molestia pero al Silfo eso no parecía importarle, dispuesto a seguir con su explicación aunque Nathaniel tomará una de las espadas en la casa e intentará cortarle las manos. Finalmente el chico se calmó y lo dejó continuar.-Hace mucho tiempo existió un rey llamado Heidrek, él gobernó sobre criaturas mágicas y humanos en una tierra que no conocía la palabra guerra. Todos se comportaban correctamente, no había necesidad de leyes o autoridades; había igualdad, no había codicia ni violencia. La luz del Gran Dragón irradiaba sobre el reino de Heidrek, los protegía. Sus habitantes se sentían a salvo hasta que el fatídico día llegó: un grupo de humanos corrompidos invadió, matando a gigantes, duendes y hadas, criaturas que jamás habían sostenido una espada y que no podían defenderse porque jamás habían tenido un motivo para combatir. Con la ayuda del Gran Dragón, el rey forjó armaduras para sus acólitos, transformándolos en la primera generación de Fae. En su interior ardía la llama del dragón y eran movidos por el deseo de regresar la paz al mundo, aunque para eso tuvieran que hacer uso de la violencia. Al final de la guerra, el Ejército Dorado y el Rey Heidrek sintieron culpa por sus actos, firmando un acuerdo de paz. Para asegurar la armonía entre humanos y hadas, Heidrek dio su vida, prometiendo reencarnar en un joven humano para ganarse la simpatía y el perdón de los mortales. El fuego del dragón estaría con los humanos, mientras que los Elfos conservarían la espada sagrada. Estos regalos dejarían constancia de su alianza y serían considerados como un recordatorio de las palabras del rey. Su última voluntad fue que los humanos vivieran sobre la tierra mientras que las criaturas mágicas, aptas para vivir en cualquier entorno donde existiera la naturaleza, vivieran en el reino debajo del suelo. La decisión fue respetada por todos los elfos que conformaban su armada, con excepción de uno que, en desacuerdo con los ideales del rey, decidió marcharse del reino, sintiéndose humillado porque su gente había aceptado vivir en el submundo. El paradero del elfo fue desconocido por mucho tiempo, hasta hace poco. Corren rumores de una guerra entre humanos y criaturas; estamos a tiempo para detenerla, él no puede hacer nada sin el poder de Heidrek. Quien controla al dragón, controla al ejército.- Hizo una pausa, retirando la mano que le cerraba la boca a Nathaniel.

-¿Y… eso en qué me involucra a mí?- Preguntó, algo preocupado, porque una parte de él creía conocer la respuesta. Tragó saliva.

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